Como saben en Haití, Chile y Japón, el descubrimiento, hace ya casi un siglo, de las placas tectónicas de la litosfera terrestre no ha hecho más fácil predecir los terremotos. La vulcanología, en cambio, sí ha hecho modestos avances en el último medio siglo. Es confortante saber que, aunque la tierra pueda seguir sacudiendo nuestras ciudades sin avisar, tal vez podamos evitar que la lava rugiente que arroje nos caiga encima.
Igual que sucede en geología, es muy difícil predecir el curso de la Historia. Aunque seamos capaces de identificar los contornos de los grandes bloques geográficos en que se agrupan los seres humanos, difícilmente podremos predecir cuándo, o dónde exactamente, va a sobrevenir un seísmo histórico. Nuestro único consuelo es que, como en vulcanología, si somos suficientemente perspicaces tal vez podamos evitar que la lava del próximo volcán nos queme los calcetines.
Apenas iniciada la reciente curva histórica, que nos podría conducir de regreso a la Edad Media, es muy difícil adivinar su trazado, en parte porque siempre hay un elemento aleatorio en los grandes movimientos humanos. Pero es tentador tratar de adivinar sus contornos a medida que nos internamos en ella, como el conductor que se enfrenta a una carretera sinuosa y desconocida.
A escala histórica, son tantas las cosas que han sucedido desde la caída del Muro que, según la perspectiva que uno adopte, casi cualquier cosa podría suceder. Hay demasiados árboles para saber dónde comienza el bosque. Empezamos a ser muchos los que pensamos que la Unión Europea ha fracasado y, en cualquier caso, la idea parece cada día menos descabellada. Pero ¿cuál será el desenlace de esta lenta caída a los infiernos? ¿Realmente desaparecerá la UE? Al fin y al cabo, también en Estados Unidos hubo antaño una gran depresión, y el país consiguió recuperarse.
Hay quien argumenta que la salida de la gran depresión fue posible gracias a la catarsis de la segunda guerra mundial. Las sociedades humanas tienen inercia y, al igual que está sucediendo ahora en Europa, los seres humanos nos resistimos a aceptar que ese pasado feliz, tan reciente aún en nuestra memoria, probablemente nunca regresará. Desde luego, esa misma inercia fue la que hizo pensar a millones de personas en todo el mundo que la vivienda que se acababan de comprar se revalorizaría un diez por ciento todos los años hasta el fin de los siglos.
En física, ese tipo de inercia se llama histéresis. Si sometemos a un campo eléctrico una cinta impregnada con óxido de hierro, la cinta se magnetizará. Pero si, a continuación, hacemos desaparecer el campo eléctrico, la cinta no retornará completamente a su estado inicial, sino que conservará una cierta 'memoria' de su antiguo magnetismo, que en los años 70 se utilizaba para grabar música en forma de cassettes.
En economía se habla también de histéresis cuando, en periodos de gran desempleo, los trabajadores que conservan su puesto de trabajo presionan para conseguir un nivel de sueldos desproporcionado, que impide que los desempleados encuentren trabajo de nuevo y, por lo tanto, que la economía se recupere.
La inercia y la memoria reciente parecen ser los dos grandes motores de los acontecimientos, hoy, en Europa. Los industriosos alemanes se resisten a compartir sus ahorros con países dilapidadores de un dinero que 'algún día pagarán', y quienes han vivido durante años en el cuento de la lechera se resisten a aceptar que ese futuro soñado nunca será realidad, sobre todo cuando los partidos políticos y los medios de comunicación llevan años convenciéndolos de que aquellos espejismos eran derechos adquiridos, e incluso 'conquistas sociales'.
Esta diferencia radical entre el norte y el sur de Europa parece delimitar la línea de separación entre dos grandes placas tectónicas sociales. A estas alturas, pocos en su sano juicio son capaces de imaginar una Unión Europea en la que griegos y alemanes, por ejemplo, compartirían gobernantes, horario laboral, régimen fiscal y niveles de ahorro. Difícilmente, pues, podrán seguir compartiendo moneda eternamente.
La ruptura del euro en Grecia sería (¿será?) una primera ficha de dominó que probablemente arrastre a otras en su caída. Nadie sabe cuántas, y el próximo siglo en Europa dependerá de hasta dónde llegue el tsunami si lo peor llega a suceder. La lógica de deudores y acreedores apunta a que los siguientes en la lista podrían ser España, Portugal, Irlanda, Italia y -lo siento por el ectoplasma de de Gaulle- Francia. Más o menos por este orden. Por supuesto, ninguna economía planetaria imaginable sería capaz de soportar esa cadena de seísmos, al cabo de los cuales las nuevas placas tectónicas mundiales podrían quedar claramente configuradas.
En este contraste radical de pareceres Alemania no está sola. En caso de ruptura, Holanda, Finlandia, Austria y muchos de los países de la antigua URSS podrían alinearse con ella. Al otro lado del canal, el Reino Unido se mantiene expectante: el Continente -oh, dear- podría volver a quedar aislado y, de todos modos, los British nunca simpatizaron mucho ni con el mastodonte burocrático europeo ni con la pérdida de soberanía a que se veían empujados.
El problema, como siempre, está en las fronteras. La llamada 'primavera árabe' podría terminar uniendo a los países musulmanes del norte de Africa, tradicionalmente divididos hasta ahora. Ante esa nueva realidad, el experimento turco de 'islamismo moderado' podría sentirse alentado a rememorar su pasado imperial. Al fin y al cabo, Grecia empieza a ser el flanco más débil de una exhausta Europa, y el conflicto de Chipre lleva varios decenios congelado.
Quizá por suerte para nosotros, los musulmanes también tienen sus problemas, que cabría resumir en una guerra larvada entre la sunita Arabia Saudita y la chiita Irán. Es posible que esa confrontación sorda sea lo que ha salvado a Europa hasta ahora de un futuro todavía más sombrío. Las mezquitas florecen en este continente como setas en otoño, y un desglose de nuestro crecimiento demográfico augura un futuro poco halagüeño para la tradición cristiana en la región. No digamos ya laica.
La placa tectónica musulmana tiene a su favor un arma formidable: el petróleo. No tiene capacidad militar para emprender una guerra clásica contra Europa o China, pero tampoco la tenía España para enfrentarse a las tropas de Napoleon Bonaparte. Seguramente los imanes de las mezquitas europeas predican la paz pero, en caso de conflicto, sus fieles pueden convertirse en temibles granitos de arena en el engranaje del viejo reloj europeo.
En el continente americano, la placa tectónica de Estados Unidos está más debilitada de lo que parece. Japón, probablemente el país más espartano del mundo en su actitud hacia el trabajo, lleva veinte años intentando salir de una crisis parecida, sin conseguirlo. El dólar sigue siendo la moneda de las transacciones internacionales, pero la deuda de Estados Unidos es delirante y, si se confirmara el estancamiento de su recuperación, el único imperio superviviente del siglo XX podría estar llegando a su fin.
Al sur de Estados Unidos, en cambio, las cosas parecen ir un poco mejor, aunque de manera desigual. Brasil, Chile y Colombia, y tal vez México, podrían ser un motor de prosperidad en la región en los próximos años, aunque también podrían tropezar con dos obstáculos serios en su camino: la tentación del caudillismo, siempre latente en América Latina, y la posibilidad de que, exceptuando a ellos mismos, no encuentren a nadie a quien vender sus productos.
Es el mismo problema al que posiblemente se empieza a enfrentar ya China, inmersa además en una gigantesca burbuja inmobiliaria, con un enorme porcentaje de su población todavía en la miseria, y sin la flexibilidad que le proporcionaría una verdadera economía de mercado.
Aunque, en realidad, es posible que la pieza clave en esta apasionante partida de ajedrez sea la placa tectónica rusa, a mitad de camino entre Oriente y Occidente (no sólo geográficamente). Rusia tiene la llave del gas que abastece a Europa y, de Niza hacia arriba, los inviernos son realmente fríos, hermano. Las alianzas que establezca Rusia en los próximos años serán, probablemente, las balizas que nos indiquen la trayectoria de esa curva que, nos guste o no, podría terminar depositándonos no muy lejos de la Edad Media. La Historia, a veces, tiene esos caprichos.

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viernes, 25 de mayo de 2012
Al otro lado de la curva
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Palabras clave: burocracia, crisis, economía, Europa, futuro, Historia, histéresis, tectónica
lunes, 2 de abril de 2012
La semana en que siempre era de noche
La semana empezaba Un domingo soleado.
Los balcones se llenaban de Ramos y en la procesión
los sacerdotes paseaban la sangre de Cristo o algo así.
Por lo visto, hubo un señor que había entrado en burro
a una ciudad para que lo matasen.
En la radio, esa noche, ya sólo se oía música clásica
y al día siguiente comenzaban las procesiones.
Mucha gente se reunía a verlas, como para ir al teatro o al Cine.
Había anochecido ya, y el tiempo siempre era desapacible.
Enmarcadas de flores y luces, las Vírgenes parecían muertas,
los Corazones de Jesús relumbraban con un destello escarlata
y a continuación, tras las espaldas dobladas de unos hombres ocultos,
unas señoritas vestidas de negro
y unos Hombres con cara de dolerles el estómago.
A la mañana siguiente era otra vez de noche.
Cuando llegaba el jueves cerraban todas las tiendas
y no era ya posible comer bocadillos De chorizo.
Como en una película de miedo, las noticias que uno oía
eran cada vez más oprimentes: ahora, el señor del burro
estaba empeñado en que un tal Pilatos lo crucificase.
La agonía de cada hora era lenta, insistente.
A todas partes llegaba la sombra de aquel dios airado,
sangriento, dolorido.
En las iglesias resonaban los Sermones de las siete palabras,
el vinagre en las llagas, los arrepentimientos.
El sudario del dios estaba ya dispuesto
y los soldados romanos hincaban mecánicamente la lanza
en el sitio acostumbrado.
Por fin, todo se convertía en cenizas.
El de la Cruz exhalaba un gran grito
y los cielos se cubrían de nubarrones.
Era la venganza del todopoderoso.
La lepra, las ratas, las grandes epidemias
merodeaban por los contornos de la Historia.
Lo único que quedaba era esperar la Resurrección
aguantándose las ganas de comer sobrasada.
Durante el sábado, las cosas estaban más tranquilas.
Se adivinaba el bullicio del lunes, los concursos de la radio.
Aquel tipo que estaba muerto, por fin iba a marcharse al Cielo.
Incluso, por alguna extraña impaciencia, el acontecimiento se adelantaba en un día.
El Domingo de Pascua todos estrenaban, por lo menos, calzoncillos
y los futbolistas en camiseta volvían a pelearse por un balón.
Sobre las nubes, tras el azul del Cielo,
un viejo enorme con unas barbas aguardaba el momento
de repetir aquella original representación.
Si en aquel momento el Angel de la Guarda me hubiese pedido mi opinión
yo habría respondido: Maldito sea el dios que inventó esto.

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Palabras clave: medioevo, pesadilla, Semana Santa
domingo, 4 de marzo de 2012
Interpretaciones
Leopoldo II de Bélgica nunca llegó a ser tan famoso como Stalin o Hitler, pese a que, bajo sus órdenes directas, un contingente de soldados y mercenarios sin escrúpulos llamado Force publique esclavizó, torturó, violó, mutiló y, finalmente, exterminó a la mitad de la población del entonces Congo belga. A falta de un censo, es posible que nunca se llegue a determinar el número total de víctimas, que las estimaciones más fiables cifran en torno a 10 millones de personas. La escasa frecuencia con que se oye incluir ese genocidio entre las grandes atrocidades humanas ¿podría tener que ver con la circunstancia de que todos los asesinados eran negros? Se admiten apuestas.
En 1904, el misionero Samuel Phillips Verner, enviado a África por los organizadores de la Feria Mundial de Saint Louis para reunir un cargamento de pigmeos que incorporar al muestrario de curiosidades 'científicas' de la exposición, se encontró un buen día con el esclavo Ota Benga. En una de las habituales incursiones de la Force publique, mientras Benga estaba de cacería, su poblado había sido arrasado, y su familia, asesinada. El misionero compró al esclavo por una libra de sal y una pieza de tela, y el agradecido Benga convenció a otros nueve 'aborígenes', cuatro de ellos pigmeos como él, para que lo acompañaran a América.
Los acompañantes de Benga, que algún periódico sensacionalista llegó a calificar de 'caníbales' por el torneado en punta de flecha que exhibían sus dientes, gozaron de gran popularidad -no exenta de incidentes-, aunque finalmente todos ellos regresaron a su país. Tiempo después, Benga acompañó a Verner en una nueva expedición a África. Se instaló en un poblado batwa, de su tribu originaria, donde tomó esposa, pero su mujer murió por la mordedura de una serpiente y Benga, desarraigado de nuevo, decidió regresar con Verner a Estados Unidos.
Nadie parecía saber muy bien qué hacer con Benga. Excepto, naturalmente, exhibirlo. El Museo de Historia Natural de Nueva York lo alojó durante un tiempo en un recinto que simulaba una selva, decorado con unos cuantos arbustos y una hoguera de pacotilla, pero el silencio de la civilización, sin murmullos del viento entre las ramas ni cantos de pájaro en la distancia, lo enloquecía. Intentó escapar, camuflado entre la multitud, pero fue descubierto. Su natural risueño y despreocupado se iba haciendo agresivo.
En 1906, Verner consiguió instalar a Benga en el zoológico del Bronx, donde el destino le deparó por fin un amigo fiel: el orangután Dohong. Aquella amistad, sin embargo, inspiró arteras ideas al director del zoológico, que proveyó a Benga de un arco y unas flechas, sugiriéndole que fingiera cazar para deleite del público 'civilizado'. Hubo protestas. El asunto suscitó una enconada disputa entre darwinistas y cristianos, y finalmente Benga fue autorizado a pasearse libremente por el zoológico.
La actitud del público hacia él, sin embargo, dio pie a más de un incidente, y al cabo de un tiempo Verner pudo internar a Benga en un orfanato hasta que, algún tiempo después, fue adoptado por una familia. Bajo la protección de aquella familia, sus dientes fueron 'restaurados' y, vestido ya a la usanza occidental, asistió a una escuela baptista, donde aprendíó inglés. Cuando su nivel de inglés fue suficiente, el propio Benga decidió dejar la escuela y se puso a trabajar en una fábrica de tabaco.
Su idea, naturalmente, era ahorrar dinero para regresar a África. Pero la primera guerra mundial truncó sus ilusiones. El tráfico marítimo quedó interrumpido, y Benga cayó en una profunda depresión. El 20 de marzo de 1916, Ota Benga encendió una hoguera ceremonial, arrancó las prótesis que 'corregían' sus dientes de escualo y se disparó un tiro en el corazón.
La primera conclusión que a uno se le ocurre es que los verdaderos salvajes de esta historia no eran los aborígenes, sino los colonos, y que, aparte de Benga y de su amigo el orangután, los únicos seres bondadosos en este episodio eran los antidarwinistas, que proclamaban la igualdad (ante Dios) de todos los seres humanos.
No está del todo claro que los estudios de Darwin fueran el detonante de las atrocidades racistas que protagonizaron la Historia del siglo XX. Cuatro años antes de salir a la luz "El origen de las especies", Arthur de Gobineau había publicado ya "La desigualdad de las razas humanas", por lo que tendría que haber sido Darwin, en todo caso, el influido por aquellas ideas racistas, que de todos modos empezaban a estar en boga en el mundo 'civilizado'. Sin duda, no fue por haber leído a Darwin que Sabino Arana escribió por aquellas fechas: "gran número de ellos [los no vascos] parece testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila".
La teoría creacionista, recientemente resucitada en ciertos sectores sociales de Estados Unidos, es a todas luces absurda. Pero ello no quita para que la teoría de la evolución tropiece con difíciles escollos, sólo sorteables con una gran dosis de credulidad. Las avispas de la especie Pompilidae, por ejemplo, desovan en el interior de una araña para que sus larvas, al eclosionar, se alimenten de su portadora aún viva. Es de suponer que la araña no simpatiza mucho con la idea, por lo que la avispa madre debe paralizarla antes de la puesta. Para ello, tiene que clavar su aguijon en un punto extremamente preciso del abdomen de la araña. ¿Tenemos que suponer que esa información está en el código genético de la avispa y se ha incorporado a él por seleccion natural?
En otras especies, la avispa no paraliza a la araña, que sigue fabricando su telaraña mientras las larvas la devoran poco a poco, reservándose -y, por lo tanto, discerniendo (¡una larva!)- las partes vitales para el final. Justo antes de que la araña muera, la larva 'convence' de alguna manera a su hospedante para que la última telaraña que ésta fabrique tenga una estructura diferente: una estructura específicamente adaptada para ser el nido de la futura avispa.
Los ejemplos abundan, pero los estudiosos siempre encuentran alguna explicación para justificar la existencia de tal o cual cornamenta, forma de garra o color de plumaje como resultado de una selección natural. Pocas personas en su sano juicio llamarían a eso 'ciencia', pero prestigiosas revistas científicas perseveran en su publicación. En 2011, por ejemplo, Evolutionary Psychology publicó un artículo según el cual el autismo, que conlleva una mayor capacidad de concentración, podría haber constituido una ventaja evolutiva entre los cazadores prehistóricos. Un par de milenios más cazando, y todos autistas.
Pero a mí me gustan más los contraejemplos, que llevan el razonamiento a conclusiones surrealistas. ¿Por qué roncan los seres humanos -y, particularmente, los varones-? El ronquido nocturno dificulta el apareamiento, ya que ahuyenta a las posibles consortes e impide la formación de parejas estables. Los varones que no roncan son mucho más apreciados por las hembras, dado que, además de dejarlas dormir, no llaman la atención de las alimañas nocturnas, particularmente si el roncador no duerme a la intemperie, sino en el interior de una cueva con gran capacidad de resonancia.
Sin embargo, todo es cuestión de interpretación. Algún 'científico' evolutivo podría alegar que el feroz ronquido del cazador durmiente transmite a la hembra una sensación de seguridad que estimula la combinación de hormonas adecuada para inducir la procreación. Dudo seriamente que una encuesta entre la población femenina respaldara esta segunda interpretación pero, desde la rehabilitación de Galileo, la ciencia tiene a gala no dejarse doblegar por argumentos democráticos. Y, desde la formulación de la mecánica cuántica, ni siquiera por el sentido común.
¿Tendremos, pues, que rehabilitar a los creacionistas, al fin y al cabo? No tengo ninguna objeción, siempre que consigan convencerme de que Dios creó todas las especies al mismo tiempo y de que no era racista. Pero les va a costar trabajo, al menos si su alternativa a Charles Darwin es la Biblia. Puede que todos los seres humanos seamos iguales ante Dios, pero ¿estamos hablando del mismo Dios que escribió (Deuteronomio 7):
"Cuando Jehová, tu Dios, te haya introducido en la tierra a la que vas a entrar para tomarla, y haya expulsado de delante de ti a muchas naciones: al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo; siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová, tu Dios, te las haya entregado y las hayas derrotado, las destruirás del todo. No harás con ellas alianza ni tendrás de ellas misericordia. No emparentarás con ellas, no darás tu hija a su hijo ni tomarás a su hija para tu hijo"?
Por qué no. En algunas ciencias, como en religión, todo es cuestión de interpretación.

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martes, 28 de febrero de 2012
En la plaza Bolívar
La niña se acerca al banco donde estoy sentado y mira hacia arriba. Tras ella llegan otros dos niños, que miran hacia arriba también. Uno de ellos, alborozado, señala con el dedo. Allá en lo alto, una iguana como de un metro de largo trepa sin prisa por el tronco de un árbol gigantesco, justo encima de mi cabeza. Es la primera vez que yo veo una iguana en libertad pero, aparte de los niños, nadie más en el parque parece sorprendido.
De pronto, me doy cuenta de que estoy rodeado de niños jugando y no me molesta en lo mas mínimo. Es más, la niña que ha avistado la iguana es un encanto. La sigo con la mirada. Ríe constantemente, y juega con los otros niños. Es perfectamente feliz. No necesita gritar para llamar la atención. No tiene teléfono móvil, ni playstation. Simplemente, juega como todos los niños del mundo han jugado hasta que el primer avieso directivo de marketing descubrió que también la infancia podía ser un mercado.
Tal vez sea un poco descabellado juzgar un país por el comportamiento de sus niños, pero todavía tengo grabada en mi memoria la mirada de felicidad de aquellos pequeños que vi, hace ya años, en un barrio pobre de Nassau, en las Bahamas. Olvídese usted del Prozac y váyase a vivir a un país donde los niños sean felices.
La iguana ha desaparecido, y yo me doy cuenta de que no conozco el nombre de ninguno de los árboles que me rodean, cuyas copas se espesan formando una pequeña jungla más alta que los edificios circundantes. Le pregunto a un paisano que está sentado en el banco de al lado. "Este es almendra", dice con aplomo señalando el árbol de la iguana, que no se parece ni remotamente a un almendro. Después, apuntando a un espécimen formidable con ramas de trazo harapiento, añade: "Aquél es matarratón". Pero no parece saber más. "Y aquéllas son palmeras", agrega débilmente, sospechando que yo ya sé reconocer una palmera.
La estatua de Simón Bolívar ocupa el centro exacto del parquecito, en mitad de una ancha replaza a la que se accede en línea recta desde las cuatro puertas de entrada. Allá afuera, en la calle, varias negras vestidas con el polícromo traje típico de los paquetes de café se dejan fotografiar a cambio de unos pesos junto a un carrito con sandías, bananas, mangos y papayas provocadoramente cortados en trozos de todos los colores. En las cuatro esquinas de la plaza, sendas fuentes murmullan incesantes con un fragor remoto, intercalado aquí y allá por el tintineo de las campanillas de los vendedores de helados.
Nunca pensé que existiera el paraíso, pero la plaza de Simón Bolívar, en esta tarde de domingo, es una aproximación casi perfecta. Nadie parece tener prisa, pero nadie parece tampoco abandonarse al sopor de la sobremesa. Todo es apacible. Perfectamente apacible. Unos cuantos bancos más allá, un hombre sentado mira tranquilamente avanzar la tarde junto a un carrito de libros ordenadamente colocados. "Carreta literaria", leo en uno de sus lados. Es una iniciativa del ayuntamiento. Los libros están a disposición del público, pero nadie se acerca a curiosear siquiera.
Y con razón. ¿Quién necesita libros en una tarde como ésta? Todo en este instante es perfecto. La temperatura es perfecta. El color de la luz es perfecto. La brisa es una caricia, los niños juegan, los pájaros gorjean, los adultos charlan, animados, o callan plácidamente. En el otro extremo de la plaza una mujer ocupa un banco con cinco niños sentados en hilera, y los escasos turistas se funden armoniosamente con el resto de los paseantes. Una tentación irresistible cruza por mi mente. Nunca más leer un libro, nunca más esforzarse por resolver problemas abstractos, informarse de la actualidad política o de la economía internacional. Soltar el equipaje, y descansar. ¿Realmente es necesario dedicar tantos años de la vida a desentrañar símbolos y a sacar conclusiones?
Tal vez no. Tal vez uno ha equivocado su camino, persuadido sin querer por el tráfago de los automóviles y los televisores y los semáforos y los correos electrónicos y los teléfonos móviles. Tal vez la felicidad habría sido vivir con lo justo. Dormir con una mujer amorosa en una cama humilde y comer mango, pan de queso y pescado frito. Y, simplemente, día a día dejar que las horas, que la vida, transcurran, sin prisa, a su propio ritmo.

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Palabras clave: Cartagena de Indias, felicidad, iguana, niños, paraíso, Plaza, árboles
sábado, 18 de febrero de 2012
El arte de los secretos
No sé cómo ni cuándo descubrí PostSecret, pero no debió de ser ninguna hazaña si uno considera que, desde su creación en 2005, contabiliza ya más de 500 millones de visitas. PostSecret ha alcanzado las más altas cimas de popularidad, principalmente en Estados Unidos, y recientemente su creador, Frank Warren, ha comenzado a concertar exposiciones en diversos museos del mundo. Uno de los últimos ha sido el MOMA de Nueva York.
Me hice fanático inmediatamente. La propuesta de PostSecret es muy simple: ¿tiene usted algún secreto tremendo que desea fervientemente contar pero no se atreve? Escríbalo en una postal, o cree un collage similar que dé fuerza visual a su mensaje, y envíelo a cierta dirección postal, a nombre de Frank Warren. Ignoro si hay una criba previa del material recibido, pero en cualquier caso todos los domingos Frank publica veinte secretos para todos los gustos.
La idea es simple, pero poderosa, y el resultado no es, como sería fácil imaginar, una colección de confidencias de colegio de monjas, sino un puñado de obras que, en algunos casos, encajan perfectamente en la definición de arte.
"Me gusta tomar malas decisiones. La vida es más divertida"
"Disfruto torturando a mis amigos enviándoles regalos imposibles de desempaquetar".
Para quienes gustan de leer a Dostoievsky (no me cuento entre ellos), hay terribles confesiones de culpabilidad:
"Mi mujer es una enferma mental. Quiero tener una amante cuyo marido sea un enfermo mental, para sentirme mejor"
Otras veces, en cambio, la culpabilidad parece ausente:
"Sueño despierta imaginando cómo me gastaría el seguro de vida si mi marido muriera en Iraq"
¿Y qué decir de la infancia perdida? Acompañada de un simple texto, la imagen de una fábrica consigue recordarnos a Rousseau el aduanero, cuya obra se sitúa exactamente en las antípodas estéticas:
Las drogas son otro de los temas recurrentes en las postales:
"Fumo hierba de camino hacia la escuela casi todos los días. Soy profesor... y enseño mucho mejor cuando estoy colocado"
"Me drogo en clase de religión. Nadie se da cuenta"
Algunos secretos nos hacen dudar de la salud mental de su autor, pero podrían dar pie para una novela:
"Estoy completamente convencido de que mi profesor de arte soy yo mismo, enviado desde el futuro"
"Tengo un trastorno esquizoide de personalidad. Y he estado fingiendo emociones desde que tenía 12 años. Nadie se ha dado cuenta"
Haciendo balance, quizá una mayoría de los secretos tienen un trasfondo religioso:
"Todavía estaríamos juntos si yo creyera en Dios"
"Perdí a mi primer amor porque le dije que no veo futuro para nosotros si él no se convertía al cristianismo. Todos los días siento deseos de retirar lo que dije. Tengo miedo de que él haya sido el hombre de mi vida"
"La experiencia que más me ha acercado a Dios es la misma que hizo de mí una adúltera"
"Estoy completamente solo en este mundo. No quiero encontrar a Dios. Quiero encontrar una mujer"
"Sólo me siento cerca de Dios cuando estoy bajo la influencia de narcóticos"
Las reflexiones vitales son otro de los componentes conmovedores de PostSecret:
"Me preocupa pensar que el camino que tanto he luchado por seguir es el que me conducirá al lugar más lejano del que deseo alcanzar"
"Cuando las cosas empiezan a ir bien, me veo impulsado a destruir mi vida y comenzar de nuevo"
No podían faltar tampoco, por supuesto, los secretos de amor y los conyugales:
"Pasé toda la semana en París con mi marido, enviándole a mi amante fotos de mí misma desnuda"
"Soy la amante de mi ex marido"
"Dejé de sentirme sola cuando rompiste conmigo"
Los secretos poéticos son una de mis debilidades:
Y, para terminar, el secreto más nefando de todos es también el más enigmático:

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Palabras clave: amor, arte, confidencias, infancia, poesía, reflexión, secretos
domingo, 22 de enero de 2012
El nombre de la calle
Siempre que paso por Playa Chica, en el Paseo de Las Canteras, reparo en el nombre de una calle que me trae resonancias tremebundas. Mi fantasía entonces se dispara y, en algún pasado terrible, imagino hazañas de legionarios heroicos, penitentes arrastrando cadenas en procesiones de Semana Santa, mártires de las Cruzadas, o estigmas de soldados deportados a la isla Molokai. Pero nunca me había tomado la molestia de investigar quién era ese misterioso personaje que da nombre a la calle: el sargento Llagas. Hoy lo he averiguado y, como era fácil de suponer, la cosa no era para tanto.
El sargento Llagas era un sargento de carabineros que vivía en la casa-cuartel del puerto de Las Palmas. Corría el siglo XIX. De creer a los cronistas, aquel edificio era algo así como el camarote de los hermanos Marx. En sólo dos estancias, se albergaban en él el comandante militar, el alcalde de mar, el delegado de sanidad, el alcalde pedáneo, el médico, el boticario y el sacristán de la ermita de La Luz. Cuenta la tradición que, cuando arribaba a tierra algún viajero fatigado por las penalidades de la navegación, el sargento lo acogía en la casa-cuartel y le daba de comer de lo que hubiera en la cocina: cazuela de pescado, escabeche, pan y vino, e incluso café, y acompañaba la comida con las últimas noticias que el viajero, venido de tierras lejanas, sin duda le pedía.
Frente a la casa-cuartel estaba el mesón de su hija, conocida por todos como Seña Rosarito, y rememorada también hoy con el nombre de otra calle no muy lejos del puerto, en el cercano barrio de La Isleta. Según un cronista llamado Cirilo Moreno, la Seña Rosarito era “dueña y señora del puerto, y preparaba como nadie la sopa de marisco”. De cuando en cuando, algunos jóvenes de la capital acudían al lugar montados en su propio burro y, los menos pudientes, a lomos de un borrico de alquiler. Por aquel entonces, para llegar al puerto había que atravesar las dunas de El Refugio. El viento, impenitente en esa parte de la isla, borraba frecuentemente los caminos y trochas que venían de Las Palmas, y no era raro que el pollino, debilitado por el calor y por el esfuerzo de caminar sobre la arena, se cayese con su pasajero a cuestas, o incluso rodase por las dunas hasta terminar encima de él. Los excursionistas, que iban a La Isleta a pasar el día, comían en el mesón de Rosarito y seguidamente, como buenos canarios, dedicaban el resto del día a cantar aires de la tierra y, según la edad, a perpetrar alguna que otra gamberrada, que las crónicas no especifican.
En el año 2000, una excavación arqueológica en la calle Rosarito descubrió dos esqueletos maniatados, testimonio, según los historiadores, del ataque del holandés Van der Does a la isla en el año 1599.
Uno de los puntos de referencia de la calle Sargento Llagas es el bar Texas, ya muy venido a menos, pero superviviente aún de los prósperos años 70, aquella época en que los turistas no habían descubierto todavía la Playa del Inglés. El propietario, Antonio Araña, trabaja en la hostelería desde los once años. Empezó como camarero muy cerca de allí, en un bar llamado Astor, frecuentado entonces por americanos que trabajaban en las plataformas petroleras de la costa africana. Un día, Antonio decidió abrir su propio bar, cuyo nombre escogió porque todos aquellos americanos, según él, eran de Tejas. Por eso, además, les ponía siempre música country.
Los americanos venían cargados de dólares, que se gastaban en los bares y cabarets del puerto hasta que, en los primeros años 80, las cosas cambiaron y dejaron de acudir. En los años buenos, Antonio abría a las diez de la mañana y ya tenía a 15 o 20 en la puerta, esperando. Ahora el Texas está más tranquilo, pero turistas, según él, no faltan. Incluso hay extranjeros de avanzada edad que regresan al bar después de muchos años. La mayoría, mujeres que se enamoraron de camareros y quieren rememorar aquellas horas felices. Algunos clientes, como Horacio, el hijo de Macario el futbolista, viene por allí desde que era un chiquillo. Han venido incluso periodistas suecos, sin que él lo supiese, y luego se ha enterado, por los clientes, de que en Suecia habían publicado algún reportaje sobre su bar.
Además de la barra, las mesas y las fotos que los clientes han puesto en las paredes, un elemento inseparable del bar Texas es el camarero Emilio Monagas, que lleva ya 30 años trabajando allí. La gente cree, incluso, que Antonio y él son los dueños, pero no, él es sólo un camarero. Empezó a trabajar en el Texas a los treinta y tantos y, si Dios quiere, se piensa jubilar en él. Los americanos eran tipos muy fuertes y rudos, explica, pero eran también gente muy buena. De vez en cuando había algún follón, claro, porque se tomaban muchas copas, pero dentro del bar nunca hubo problemas, porque eran muy respetuosos y, antes de empezar la pelea, salían a la calle.
De entonces recuerda Emilio a clientes muy queridos, como el gran boxeador Cloroformo Cabrera, gran amigo y compadre. Ahora, el cliente más viejo que tienen es un noruego al que llaman Finn, que vive allí al lado. Es pensionista. Emilio lo conoce desde que empezó a trabajar en el Texas. Pero hay muchos, muchos más. Tantos, que no sería capaz de nombrarlos a todos.
A partir de hoy, cuando pase por la calle del Sargento Llagas ya no pensaré en el lazareto del padre Damián ni en héroes mutilados en guerras de religión, sino en la sopa de Rosarito, en las dunas de Las Canteras y en los americanos de Tejas que frecuentaban el bar de Antonio Araña. Que eran, según dicen, todos ellos buena gente.
Y mi recuerdo de Las Palmas será, estoy seguro, un poquito más entrañable.

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martes, 17 de enero de 2012
S.O.S.
"¡Hola! Este es el servicio de emergencias de la Comunidad Autónoma de Barataria. El coste de esta llamada es el mismo que el de una llamada estatal, si llamas desde un teléfono fijo, o el que hayas contratado con tu operador para los números que empiezan por..."
"¡Socorrooo!"
"... más IVA. Te recordamos que también puedes contactar con nosotros en nuestra página web: uve doble... uve doble... uve doble... emergen..."
"¡Ayúdenme, por favor! Estoy en la sierra de..."
"... punto com. Para tu seguridad, te informamos de que esta llamada podrá ser grabada. Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada..."
"... y no encuentro el camino. Además, creo que me he roto un brazo..."
"Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión, pulsa... dos, o di en voz alta 'agresión'. Para cualquier otro motivo, pulsa... tres, o di en voz alta 'otros'"
"¡Las tres cosas a la vez!"
"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión..."
"¡Otros!"
"Tu respuesta ha sido... ... ... Otros. ¿Es correcto?"
"¡Sí!"
"Muy bien. Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada"
"¡Me he resbalado por un terraplén y me he caído en un panal de abejas! Estoy corriendo por el bosque, pero no sé si voy en dirección a..."
"Tu respuesta ha sido... ... ... 'Tres balas... con un perro al tren'. ¿Es correcto?"
"¡¡No!!"
"Por favor, dinos cuál es el motivo de tu llamada. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di en voz alta 'accidente'. Si has sido o estás siendo objeto de una agresión..."
"¡¡¡Quiero hablar con un ser humano!!!"
"Disculpa, pero n... os... ndido. Si has tenido un accidente, pulsa... uno, o di... oz alta... idente'..."
"Piiip"
"Has seleccionado la opción 'Otros motivos' ¿Es correcto?"
"¡Sí!"
"No te retires. Te paso con un operador... [Música entrecortada de David Bisbal, muy fuerte]... En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Te recordamos que también puedes contactar con nosotros en nuestra página web: uve doble... uve doble... uve doble..."
"¡Por favor! ¡Tengo un brazo roto, y me está picando un enjambre de abejas. Además, me caí encima de un oso que estaba comiéndose la miel, y que me está persiguiendo...!"
[Música entrecortada de David Bisbal, muy fuerte]... En este momento, todos nuestros operadores están ocupados. Te recordamos que el coste de esta llamada... Clic. Clic. Crac... Un momento, por favor... Si deseas información sobre nuestros productos, pulsa... uno... o di en voz alta 'productos'. Si llamas desde otra Comunidad Autónoma, pulsa... dos, o di en voz alta 'directorio telefónico de otras Comunidades Autónomas'. Para cualquier otra consulta, pulsa... tres"
"¡Socorroooo!"
"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si deseas información sobre nuestros productos..."
"¡Roarrrrgghh! 'Aaargh!"
"Has seleccionado... '...o desde otr... d Autónoma' ¿Es correcto?"
[Zumbido de abejas furiosas]
"Disculpa, pero no te hemos entendido. Si deseas información..."
"¡Aaah! ¡Me está mordiendo una pier...! [El zumbido aumenta de intensidad] ¡Groarrrr!... Ñam, ñam"
"Lo sentimos, pero no podemos entender tu respuesta. Muchas gracias por tu llamada."
¡Clic!

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sábado, 14 de enero de 2012
Mirada atrás
Supongo que, con el tiempo, es inevitable mirar más hacia atrás. En los primeros años de la vida el instante pesa abrumadoramente más que el pasado, pero los recuerdos son un universo que empieza con un big bang y, con el tiempo, llega a estar tan poblado que necesitamos telescopios para explorarlo. Uno de esos telescopios es el que yo desplegué la otra noche, como quien dice sin querer. Mi magdalena de Proust: unas postales antiguas halladas entre las páginas de un libro.
Las postales me retrotrajeron a una generación de amigos poco más que adolescentes. ¿Qué habría sido de ellos? El oráculo Google vino en mi ayuda. Fui probando nombres, huroneando enlaces, siguiendo pistas, y no tardé mucho en encontrarme con las imágenes de aquellos antiguos amigos, un poco más que madurados por el paso del tiempo. Las imágenes, además, iban acompañadas de información suficiente para reconstruir el trazo grueso de sus respectivas trayectorias.
Por lo menos en dos casos, que llamaré Julián y Milán. Los tres nos llevábamos estupendamente. Es fascinante ver cómo aquellos rasgos de carácter, que por entonces nos parecían sólo la sal y pimienta de la vida, nos han ido empujado por caminos tan divergentes. La tentación de sorprenderlos con una visita me duró poco. No tendríamos nada de qué hablar.
Julián estudió Matemáticas y, cuando empezó a trabajar, lo hizo como informático. Tenía los ojos profundamente negros. A su mirada intensa, siempre un punto incendiada, se sumaba una voz grave y resonante. Era racionalista a ultranza y, con esa pizca de elegancia intelectual que siempre ha conferido el trotskismo, pasó de las algaradas estudiantiles a la acción política clandestina. Años después, sin embargo, empezó a interesarse por la psicología de Jung, primero, y en seguida por el tao y las filosofías orientales en general. Un día, me lo encontré y me contó que había aprendido cierta técnica de respiración que servía de base para algo así como un psicoanálisis iniciático, cuya descripción me puso los pelos de punta. Incluso me envió un par de veces invitaciones a aquellos cursillos, que yo ignoré.
Milán era el más superficial de los tres y, quizá por eso mismo, el que más éxito tenía con las chicas. Tocaba la guitarra y cantaba -cantábamos- durante horas y horas todas aquellas canciones que tanto nos gustaban. Tenía un carácter débil, más de adolescente que de adulto, que no le impidió, años después, ingresar también en la clandestinidad y también en el selecto olimpo trotskista. En cierta ocasión me invitó a su piso de estudiante y, apenas traspuse el umbral, me indicó con un aspaviento que bajara la voz. Señaló una de las habitaciones. "No hables alto, que el obrero está durmiendo". El obrero era el único militante de su partido que no era estudiante, y lo mimaban como un jarrón de la dinastía Ming. Eran las 12 del mediodia, y el obrero seguía durmiendo. De hecho, nunca lo llegué a conocer.
Cuando llegó la democracia, Milán ingresó en el PSOE con la intención solapada de radicalizar a sus militantes y repoblar con ellos los páramos de la cuarta internacional. Pocos años después me enteré de que ocupaba un alto cargo en la Administración regional. Había estudiado Económicas, aunque nunca fue un alumno muy brillante, y él lo sabía. Anoche lo pude ver hablando en Internet, todavía con el mismo aire inofensivo, siempre superficial en sus disertaciones pero, por alguna razón, todavía lánguidamente simpático. Y me recordó al protagonista de mi segunda novela. Quizá, como él, éste también sobrevive porque no molesta.
Y cuando digo sobrevive, digo poco. La lista de cargos institucionales que simultanea es inacabable. Me intriga cómo, con un bagaje personal tan poco impresionante, ha podido este hombre trabar una red de contactos tan extensa en los camerinos del poder. Una de las noticias que hablaban de él informaba de su detención por la Guardia Civil, por pertenencia a una trama de subvenciones no justificadas, en los años 90. Y una segunda detención, unos cuantos años después, por razones parecidas. Pero de juicios ningún periódico menciona nada, y el hombre sigue ahí, tan tranquilo, dando charlas sobre las cenefas de la nada y ocupando jefaturas a diestro y siniestro. Me incomoda decirlo pero, pese al cúmulo de evidencias que pesan contra su persona en los dos casos de corrupción, sigo sintiendo simpatía hacia él.
Julián y Milán, cada uno en un planeta exótico de una galaxia diferente. Pliego el telescopio y me voy a dormir. En fin de cuentas, para ser lo que somos, y no para otra cosa, hemos nacido.

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lunes, 19 de diciembre de 2011
Amsterdam, one way
El empleado del mostrador me expide el billete. Estación central, ida sólo. Lo recojo y, empujando mi maleta, me abro paso entre la multitud del aeropuerto hasta llegar al andén. El tren a la estación central está ya allí detenido, con las puertas abiertas, a punto de salir. Entro apurado con mi maleta, casi a trompicones, en el momento justo para oír las puertas cerrarse detrás de mí. El tren arranca. Un par de minutos después mi vagón ha dejado atrás el túnel del aeropuerto, y yo he conseguido por fin sentarme junto a una ventanilla, respirar fuerte, mirar el paisaje y tratar de pensar, todavía un poco adormilado.
Son las 9 y media de la mañana. Atrás quedan ya un amanecer a 30.000 pies de altura, un madrugón en un hotel de aeropuerto y una noche de imprevistos en Barcelona. Si hay una ciudad hostil en el mundo –excluyendo, posiblemente, Bulgaria, capital Sofia-, Barcelona se esfuerza con admirable perseverancia por no perder el título. Es curioso, o quizá revelador, cómo una ciudad tan obsesionada con el diseño de vanguardia puede ser tan autista en las relaciones humanas. Pero atrás han quedado ya el retraso desesperante del avión, el retraso desesperante de la cinta transportadora de equipajes, la noticia de que mi siguiente avión despegará sin mí, media hora de gélida espera de un shuttle que no llega, la noticia telefónica de que el conductor “se ha ido a cenar”, un indignado cambio de planes que me conduce a un hotel imprevisto, escogido al azar, bellamente decorado, y amueblado con música chill out a volumen de discoteca, una habitación a temperatura cuasi-polar, un taxi que nunca llega en medio de una noche de lobos, una cena de amigos entrañable en Barcelona y, por último, unas pocas horas de sueño en una cama confortable antes de emprender el vuelo otra vez a las siete de la mañana y ver amanecer sobre Francia, a 30.000 pies de altura, adormilado todavía. Igual de adormilado que ahora, cuando el avión está aterrizando ya en el aeropuerto de Amsterdam.
El taxi, conducido por un personaje hierático con barba de integrista musulmán, se detiene frente al hotel. Ni él ni yo parecemos tener ganas de intercambiar palabras. Me apeo en silencio, recojo mi maleta y me encamino a la recepción. La recepción del hotel es acogedora, pero los pasillos interiores y los apliques de las paredes son una sinfornía de ángulos rectos. Calvinismo at its best.
Habitación 621. Apenas tengo tiempo de entrar, abrir la maleta, recoger una bufanda y salir pitando hacia la Universidad. Tengo una cita a las 13.00, una hora antes de que comience el taller sobre “Inquisitiveness”. Ni siquiera me he molestado en averiguar qué diantres significa ese título. El taller que a mí me interesa es sobre lenguajes de signos, que será el miércoles. En el mostrador de inscripciones me entregan unas hojas informativas, un distintivo con mi nombre, un mapa y unos vales para el comedor universitario. Es mediodía, y el profesor Reinhard todavía no ha llegado.
Mientras organizo todos los papelotes que me acaban de dar me siento a esperar en un pasillo luminoso, rodeado de estudiantes que charlan animadamente. Algunos me miran con disimulo. Todas las universidades tienen algo de intemporal, con sus tablones de anuncios, su olor inconfundible, sus carpetas de apuntes y su porcentaje de estudiantes desaliñados, con déficit de peluquería o de maquinilla de afeitar. En el interior de un aula se oye una salva de aplausos. A los pocos minutos, otra. Las ponencias están terminando. Por fin, los asistentes salen, casi atropellándose unos a otros.
Localizo a Reinhard entre la multitud. Nos saludamos, y me dejo conducir hasta el aula 0.14, que ha quedado vacía. Una vez sentados, el profesor deposita mi artículo sobre un pupitre blanco y me pregunta si soy físico. Él ya sabe que sí, pero lo que más parece interesarle es mi especialidad. Le digo la verdad: física teórica. Pero no se conforma. ¿Física cuántica? ¿Relatividad? Para no perderme en explicaciones, le respondo que física cuántica. Parece levemente decepcionado. Él también es físico, pero su especialidad es la relatividad. Intuyo que he tenido suerte. Sólo tenemos una hora, y la cita no era para hablar de física, sino de lingüística. No perderemos tiempo yéndonos por las ramas.
El profesor Reinhard es rubio, casi pelirrojo. Tiene ojos azules y facciones expresivas. Es veterano ya, quizá a punto de jubilarse. Yo estaba preparado para un interlocutor distinto, alguien vagamente arrogante o amablemente remoto, pero él se muestra amistoso, quizá por la complicidad de ser él y yo físicos. Como buen alemán, después de unos breves circunloquios va al grano. Trae hechas algunas anotaciones manuscritas en los márgenes de mi texto. Las miro con avidez mientras escucho atentamente sus observaciones, en un inglés pastoso que, si fuera comida, se me ocurre pensar, sería porridge.
Conversamos durante casi una hora, hasta que empiezan a llegar los primeros asistentes. O quizá debería decir los primeros feligreses. Mientras respondo a sus preguntas, trato de retener todos los detalles de la conversación, para analizarla después en frío y sacar conclusiones. Sé que deberé explicarme con la mayor nitidez posible y contra reloj, para no dejarnos nada en el tintero. Por fin, después de tres cuartos de hora que se me hacen cortísimos, tengo la impresión de que hemos llegado a un punto muerto. Ninguno de los dos parece tener más que decir. Le doy sinceramente las gracias, y me despido. En el aula, la primera ponencia está a punto de empezar.
Un rato después, en el comedor universitario, ante un sandwich crujiente y un zumo de naranja, medito sobre la conversación. La conclusión que se va abriendo paso en mis entendederas es cada vez más clara: este hombre no se ha enterado de nada. A pesar de sus anotaciones manuscritas, es evidente que se ha limitado a una lectura superficial. Me habla de desambiguación léxica cuando yo he definido la desambiguación en abstracto, como elemento básico del proceso de información. Me habla del concepto de ‘focus’ en un sentido que yo no le he dado, y que he dedicado una sección entera a explicar. Me remite a Montague, cuando es evidente que mi argumentación no encaja en la semántica formal. Me habla de información en sentido cuantitativo, cuando yo he dejado claro desde las primeras líneas que mi planteamiento es cualitativo. Y por último me sorprende, ya casi al final, dándome a entender que no ha comprendido ni siquiera la definición de categoría, que es el punto de partida para la construcción del modelo.
Empezaba a estar claro que Reinhard trataba todo el tiempo de llevar el agua a su molino, negándose a aceptar la idea de que aquel texto podía no tener nada que ver con ninguna de las teorías que él conocía. Entiendo que pueda dar mucha pereza leerse 45 páginas de alguien que no es alumno tuyo, sobre todo cuando las ideas que ese alguien está proponiendo son inclasificables. Es más, ya me lo esperaba, y lo disculpo incluso. Como él mismo dijo, hay unas reglas de juego, y el que se las salta, simplemente, no juega. Uno podría esperar miras más elevadas de un científico, pero ciertamente no de un funcionario.
Creo que ahora puedo imaginarme cómo era el mundo antes de Copérnico. Una selva laberíntica de disquisiciones vacías, contaminadas de prejuicios religiosos (o de paradigmas científicos). Algunas cosas han cambiado desde entonces, de lo cual me alegro no poco, ya que si todo esto hubiera sucedido en el siglo XVI yo podría haber terminado en una hoguera. La lingüística de hoy, en cambio, es politeísta, y no rinde ya pleitesía a las Tablas de la Ley, sino a un sanedrín de sacerdotes, llámense Chomsky, Montague, Jackendoff, Langacker, Talmy, Lackoff o Pustejovsky.
Después de medio siglo de funcionariado, lo más lejos a que ha llegado la lingüística es el cochambroso traductor de Google, y ello no gracias a, sino más bien a pesar del deslumbrante repertorio de intelectuales de nómina, vacaciones remuneradas y pagas extraordinarias a cuenta de la munífica ubre estatal. Todo esto me sabe tanto a Liqueur Politburó... Final de época: Amsterdam, one way.

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martes, 25 de octubre de 2011
Democracia; También en ese país en el que los ciudadanos no votan programas políticos.
Votan películas.
Pero a quienes realmente eligen es a los actores.

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