sábado 28 de noviembre de 2009

El rescate (6) - Una noche agitada



A pesar del cansancio no podía dormir. Además, tenía calor. Apartó a un lado el cobertor de la cama y se tendió boca arriba, con las manos cruzadas entre la cabeza y la almohada. Junto a él, en la penumbra de la habitación, Helena dormía profundamente. También ella había apartado las sábanas, y respiraba acompasadamente en posición fetal. La miró con ternura, e incluso con un punto de deseo. A falta de camisón, se había dejado puestas únicamente las bragas. Su cuerpo, todavía joven, despertó en él los recuerdos hermosos de aquellos primeros meses de su relación. Aquellos días en que el contacto físico acaparaba casi todo el tiempo que pasaban juntos, y oscurecía el raciocinio con las nubes huracanadas del deseo.

El descubrimiento había sido recíproco. Juntos habían aprendido a explorar esa selva sin forma ni senderos que es el placer adolescente, y juntos habían llegado, en pocos meses, a la bifurcación que los terminó separando definitivamente. Con la misma brusquedad con que habían empezado. Como si un genio salido de una lámpara mágica les hubiese concedido un deseo con fecha de caducidad. Ahora, rememorados en la distancia, todos aquellos recuerdos eran como un sueño. Quizá por eso no podía dormir. Se incorporó, y procurando no hacer ruido salió de la habitación. Necesitaba fumar.

El halo de la luna se transparentaba tras una nube delgada y extendida, iluminada por detrás. El cielo parecía una cortina de alcoba que guardase los secretos de un mundo femenino, remoto y sensual. Se acercó a la mesa de la terraza y, antes de sentarse, sacó un cigarrillo del paquete. Pero, cuando estaba a punto de encenderlo, se detuvo. Acababa de oír un ruido familiar. Era el sonido de la portezuela de un coche, abriéndose. Sigilosamente, dejó los cigarrillos encima de la mesa, se agachó, y avanzó con pasos felinos hasta un extremo del porche. Allí, escondido detrás de los balaustres, vio la luz de una linterna bailoteando en la cabina de la furgoneta. ¿La policía? Su pulso se aceleró.

No había ningún otro coche en las inmediaciones. El viejo Cherokee de su amigo Palau dormía en el cobertizo, junto a un tractor con las ruedas manchadas de tierra seca. Y el propio Palau roncaba perceptiblemente tras la ventana de su dormitorio, en la fachada trasera. ¿Ladrones? La luz de la linterna se debilitó, como si su portador se hubiese agachado y estuviese buscando algo bajo los asientos. Al cabo de unos minutos, la linterna se apagó y el intruso salió silenciosamente de la furgoneta. De pie frente al edificio, pareció dudar. Tal vez acababa de descubrirlo a él, agazapado tras la balaustrada. Contuvo la respiración. En ese mismo instante, una nube espesa ocultó la luna y se hizo la oscuridad. Oyó unos pasos alejándose sobre la gravilla hasta desaparecer completamente, y al cabo de un rato el motor de un coche arrancó en la lejanía.

Cuando estuvo seguro de que el intruso se había marchado, se acercó a la furgoneta y, tras encender el piloto del techo, exploró su interior. Todo parecía seguir en su sitio. Intentó abrir la guantera, pero estaba cerrada con llave. ¿Qué podía haber estado buscando aquel tipo por allí debajo? Se agachó, y tanteó con la mano el espacio situado entre los asientos y el suelo. Lo único que encontró fue una barra de pan y un croissant. Se encogió de hombros, apagó la luz del techo y emprendió el regreso hacia el dormitorio. A la mañana siguiente, con la luz del día, tendría tiempo para hacer averiguaciones.

Apenas había caminado tres pasos cuando se detuvo en seco. A no ser que.... Dio media vuelta, volvió a entrar en la furgoneta y se agachó nuevamente. Su mano se adentró otra vez bajo el asiento del conductor, palpó concienzudamente la estructura metálica y volvió a salir, por fin, con un objeto entre los dedos.

Pero esta vez no era una barra de pan. Era un micrófono.

(Continuará.)

miércoles 18 de noviembre de 2009

El rescate (5): Anochecer junto al monte Segaria

"¿Por qué me han traído a este sitio?"

Helena, calzada ya y vestida como una persona sana, miraba a su alrededor. Tras los asientos, las barras de pan parecían dormir plácidamente en sus cajas de madera.

"Quieres decir, al sanatorio".

"Sí".

"Esto no es el sanatorio. Yo te he sacado de allí esta mañana. Ahora estamos de viaje. Pero no podemos ir a tu casa, porque la policía nos está buscando".

"¿Y tú vives aquí?"

"¿Aquí, dónde?"

"Aquí". Helena hizo con la mano un gesto circular que abarcaba la cabina de la camioneta.

"Espero que no. Sería la forma más rápida de acabar en la cárcel. Esto es provisional. Ahora vamos a casa de un amigo, a pasar la noche".

"Estamos en Polonia, ¿verdad?"

"No. Estamos en España".

"¿Y por qué me han traído a este sitio?"

Suspiró, pero esta vez no respondió. El sol de otoño empezaba a darle en los ojos. Pronto anochecería. A contraluz, la mole del monte Segaria se alzaba frente a ellos como una sombra imponente, y hacia el este, en el horizonte, el color azul del mar cobraba lentamente tintes melancólicos. Por fin, el sol desapareció tras el perfil de la montaña. La carretera se ensombreció. Al llegar a una desviación, redujo la velocidad hasta casi detener el vehículo y, avanzando despacio, se internó por una carretera secundaria flanqueada a ambos lados por naranjales.

"Ya casi hemos llegado", dijo. "Ponte guapa, que vamos de visita".

Helena lo miró con con un punto de ironía y sofocó una risita con la mano. "¿Estamos coqueteando?", preguntó.

"Estamos aterrizando. Agárrate".

La furgoneta enfiló una cuesta muy pronunciada y, traqueteando sobre baches y piedras, coronó el promontorio y llegó a una explanada de tierra. A unos cincuenta metros de allí se veía una casa con las luces interiores ya encendidas. Se acercó hasta llegar casi a la veranda, y paró el motor.

Giró la cabeza. Sentía un aliento entrecortado acariciando su nuca. Helena, abrazada a su hombro derecho, lo miraba con cara de susto todavía.

(Continuará).

El rescate (4): Sabadell

"Tengo frío en los pies".

Helena tenía apoyados en el asiento los pies desnudos y se abrazaba los tobillos con ambas manos. El batín del sanatorio, caído a medias sobre los muslos, dejaba ver unas piernas todavía espléndidas. Él pisó el freno, y se detuvo ante un semáforo en rojo.

"¿Qué número calzas?"

"El 37".

Se quedó pensativo, apoyado en el volante. Así no podían ir a ningún lado. Helena necesitaba vestirse apropiadamente. Pronto sería hora de comer, y por la noche sería hora de dormir. No podía presentarse en casa de nadie con una furgoneta robada y con una mujer raptada, medio descalza y en batín de hospital. Necesitaba un plan.

Es más, necesitaba un plan con urgencia. La policía estaba evidentemente advertida, y a partir de ciertas horas una camioneta robada, cargada de pan, no sería tan fácil de disimular. La luz del semáforo se puso verde. Arrancó.

No conocía Sabadell. Sólo había estado allí una vez en su vida, y no recordaba dónde ni para qué. Debía de estar en el centro, porque el tráfico fluía con mucha dificultad. Trató de orientarse, pero todas las calles le parecían iguales. Entonces, de un volantazo, entró en un callejón lateral y estacionó la furgoneta junto a un kiosko de periódicos.

"No salgas para nada. ¿Me oyes? Voy a comprarte unos zapatos. Vuelvo en seguida".

Helena, acalambrada de frío, asintió. De cualquier modo, no parecía tener muchas ganas de salir al exterior.

(Continuará).

lunes 16 de noviembre de 2009

El rescate (3): Cambio de planes

Se desvió por un camino de tierra, doscientos metros antes de llegar a la gasolinera, y estacionó la furgoneta en un recodo. "Ven conmigo", le dijo a ella antes de descender. Helena lo siguió despacio, paso a paso, esquivando con mucho melindre los guijarros del suelo.

"Hijo, con estas zapatillas de hospital...". La mano de él se apoyó en sus labios.

"Shhh. Procura no hacer ruido ahora. ¿No querrás que te lleven de vuelta al sanatorio?"

Helena se acercó a su oído, y con entonación de niña buena susurró: "Noo". Y, mirándolo, sonrió pícaramente.

El bosquecillo descendía hacia la explanada de la gasolinera. Por suerte, las hojas caídas del suelo estaban mojadas y no crujían, pero el riesgo de resbalar también era mayor.

"Mira, será mejor que me acerque yo primero a echar un vistazo. Tú espérame aquí, quietecita. No sea que te resbales con esas zapatillas."

Ella asintió con la cabeza. Con mucho cuidado, él descendió por entre los árboles, orientándose por el ruido de la carretera. Unos metros más adelante, se detuvo. Allá abajo se oían voces. Se agachó, y a través de un hueco de la vegetación acertó a ver su coche. Junto a él había también dos coches de policía con las puertas abiertas. No llegaba a entender la conversación de los agentes. De pronto, tras él, Helena profirió un grito ahogado, y los policías callaron.

Su corazón se aceleró. Ascendió a toda prisa, procurando no resbalar. Allá arriba Helena, con semblante horrorizado, contemplaba a prudencial distancia el zigzagueo de una lagartija por la corteza de un árbol. La tomó de la mano. Al pie del bosquecillo, oyó a uno de los policías impartir secamente instrucciones. El ruido de los cuerpos entre los arbustos indicaba que habían emprendido su búsqueda.

Tiró de la mano de Helena. Allá abajo, entre la hojarasca, resonaron los ladridos impacientes de un perro. Exactamente igual que en las películas. "Madre mía", pensó. "¿En qué lío me he estoy metiendo?"

"¡Espera! He perdido una zapatilla", susurró Helena, con el aliento entrecortado.

"¡No importa! ¡Sigue, sigue, o éstos nos cazan!"

Entraron a la furgoneta y cerraron las puertas apresuradamente. Apenas oyó que el motor arrancaba, pisó el acelerador, y la furgoneta de la panadería D. U. Nidó salió disparada por el camino de tierra.

 No sabía a dónde conducía aquel camino, y las carreteras de montaña son muy engañosas. Tras los asientos, las cajas de pan saltaban como si el suelo de la furgoneta fuera una cama elástica. Bordearon un barranco, y después remontaron una pendiente muy empinada, junto a la valla de alambre que demarcaba el espacio del parque de atracciones. Miró varias veces hacia atrás, pero el polvo le impedía averiguar si la policía los estaba siguiendo.

Por fin, el camino desembocó en una carretera secundaria. No tenía tiempo para detenerse a pensar. Dobló hacia la izquierda, y miró por el retrovisor. El polvo había cesado, y en el espejo no se vislumbraba ningún coche de la policía. "¡Uf! Nos hemos librado", pensó. Pero no empezó a tranquilizarse hasta que entraron en Sabadell y se perdieron entre el tráfico de la ciudad.

(Continuará.)

sábado 7 de noviembre de 2009

El rescate (2): La huída

Estacionó el coche en una explanada adyacente a la gasolinera. Salió, cerró el vehículo, encendió un cigarrillo en el hueco de la mano izquierda y, lanzando en torno una mirada de reconocimiento, echó a caminar. Finalmente se sentó bajo un pino, a pocos metros del poste de gasóleo, y apoyó los brazos en las rodillas. Su semblante se relajó en una expresión pensativa.

Veinte minutos después, arrojó el segundo cigarrillo al suelo y se incorporó. Una furgoneta blanca acababa de detenerse junto al poste de gasóleo. De ella salió un tipo grueso de aspecto miope, en mono de trabajo. El tipo desenroscó el tapón del depósito, encajó la manguera en la embocadura y, dejando que el depósito se llenase, echó a andar parsimoniosamente hacia el edificio de la tienda.

En cuanto lo vio desaparecer tras la puerta, se acercó con naturalidad a la furgoneta y se asomó a una ventanilla. Las llaves de contacto estaban puestas. Entonces, con movimientos calculados, avanzó hasta la trasera, interrumpió el repostado, alojó la manguera en el poste y cerró el tapón. Seguidamente, rodeó la furgoneta a paso vivo hasta llegar a la portezuela del conductor. Apenas se instaló en el asiento, arrancó el motor y aceleró en dirección a la carretera. Al pasar ante las lunas de la tienda vio en ellas reflejada, por un instante, la imagen de la furgoneta. En su chapa lateral se reveló fugazmente el nombre invertido de la panadería del propietario: "D. U. Nidó".

Creía estar descifrando las letras invertidas de la furgoneta, pero en realidad estaba visualizando mentalmente un laberinto de carreteras y pasillos que, al mismo tiempo, se esforzaba por superponer al paisaje circundante. Cuando llegó al edificio del sanatorio, lo rodeó cautelosamente y detuvo su vehículo junto a la entrada de mercancías. El portón del almacén estaba entornado. No se veía a nadie. Dejó el motor en marcha, y caminó hacia el umbral.

El almacén, en penumbra, desembocaba en una puerta de hierro con remaches. También aquella puerta estaba entornada. Atisbó antes de entrar, y avanzó procurando no hacer ruido por entre los fogones. Sobre éstos, en dos grandes marmitas, hervían sendos potajes. De pronto, oyó voces. Se ocultó tras unos anaqueles ocupados por grandes frascos de macarrones y contuvo el aliento. Las voces se alejaron. Pegado a la pared, fue recorriendo el recinto paso a paso hasta que dio con unas puertas abatibles. Las entreabrió ligeramente, se asomó un instante al otro lado y, sin pensarlo dos veces, se coló en la sala de ocio del sanatorio.

Helena estaba a pocos metros de él, haciendo punto en una silla de junco. Parecía muy ensimismada. Procurando que no lo viese acercarse, avanzó hasta llegar a ella, se acuclilló a su lado y susurró:

"Helena... ¡Helena! Dzien dobry! ¿Me reconoces?"

Ella levantó la vista y lo miró. Sonreía.

"Tienes que venir conmigo, ¿me oyes? Te voy a sacar de aquí."

Las manos de Helena depositaron las agujas sobre la mesa, y su sonrisa se dulcificó en un gesto de conformidad.

"¿Por qué me han traído a este sitio?"

"Shhh. No digas nada ahora. Sígueme, anda."

Y la tomó de la mano. Al contacto con aquella mano, una tromba de recuerdos se abatió sobre él. Trató de no ofuscarse, y miró a su alrededor. ¿Dónde estaba la salida?

Helena tiró de él.

"¿Tú conoces la salida?"

"No. Tengo que ir a hacer pis."

"¿No puedes esperar?"

"Creía que me estaba raptando un caballero."

La siguió por un pasillo lateral escasamente iluminado. Cuando Helena abría la puerta para entrar al aseo de señoras, la voz del celador del patio tronó en algún lugar del pasillo.

"¡Eh! ¿Qué hace usted aquí dentro? ¿A dónde se la lleva?"

Maldijo entre dientes. Empujó a Helena al interior de los aseos, entró tras ella y echó el pestillo. Helena, pensando que se había cerrado el pestillo del compartimento, se empezó a levantar las faldas.

"¿Qué haces? Estate quieta." Con una mirada rápida exploró los alrededores, en busca de una escapatoria. Una de las ventanas estaba entreabierta. "Ven."

Sin soltar la mano de ella, abrió la ventana de par en par, se encaramó al antepecho y saltó al otro lado. El celador y otras dos voces femeninas empezaron a aporrear la puerta.

"Ahora tú. Súbete, y salta".

Con miramientos, como si temiera mancharse, Helena se subió a la ventana y se sentó tranquilamente en el alfeizar, mirando hacia él. Sonreía.

"¡Salta! No tengas miedo, yo te sujeto."

"Qué bien. Aquí huele a pinos."

La puerta retumbó violentamente una vez, y al cabo de unos segundos otra vez, con más fuerza. El celador no parecía dispuesto a dejarlos escapar.

"¡Salta ya! ¡Vamos! ¡Salta!"

Y tiró de las dos manos de ella. Helena intentó asirse, pero no encontró dónde y se dejó caer sobre él. Los dos perdieron el equilibrio, y él se encontró de pronto en el suelo, con el cuerpo de su antigua novia abrazado a él, encima del suyo. Todo aquello no podía ser verdad, se dijo.

En ese momento la puerta del aseo crujió, y el pestillo saltó violentamente por los aires.

"¡Vamos! ¡Corre, corre!"

Se incorporó, y tiró de ella. Helena, en zapatillas de hospital, avanzaba a trompicones por entre los matojos. La voz del celador se oía cada vez más cerca.

Por suerte, había tenido la precaución de dejar en marcha el motor de la furgoneta.

Arrancó. Al doblar la esquina del edificio vio la bata del celador envuelta por el polvo, alejándose en el espejo retrovisor.

(Continuará.)

jueves 5 de noviembre de 2009

Barcelona - El rescate (1): Una visita imprevista

Aquella noche, al llegar a casa, no pudo dormir. Una de sus conversaciones con Ángel retornaba obsesivamente a su memoria. Helena, su primera novia allá por los años de la Universidad, había aparecido en su domicilio tendida en el suelo, inconsciente. Trasladada a un hospital, los médicos le habían diagnosticado un raro trastorno que nadie sabía explicar. El cerebro de Helena había envejecido repentinamente, y las pruebas psicológicas a que la sometieron no arrojaban más luz sobre su estado mental.

"Tiene el cerebro de una mujer de 80 años", le informó Ángel bajando respetuosamente la vista.

"¿Dónde está ahora?"

"Aquí, en Barcelona. En un sanatorio..." Ángel vaciló. "En un sanatorio mental. Parece ser que aquí tienen los mejores especialistas para ese tipo de cosas", añadió, con un punto de vehemencia que delataba compasión.

Le pidió la dirección y la apuntó en un papel. Aquella noche, al llegar a casa, no podía dormir. Hacía muchos años que no veía a Helena. Supo que había tenido un hijo, a petición propia, con un hombre casado, y la situación con él había degenerado inevitablemente a cuenta del niño.

El niño entre tanto había crecido, quizá demasiado enmadrado. Había aprendido polaco, como su madre, y acababa de terminar la carrera de Físicas, también como su madre. Cuando se llevaron a Helena al sanatorio se había ido a vivir, por lo visto, a casa de su novia. Naturalmente, polaca. El piso familiar había quedado, pues, deshabitado.

No podía imaginarse a Helena como una vieja decrépita. La recordaba como en los tiempos de la Facultad, alta y rubia, sonriente en todas las situaciones excepto en la intimidad de los cuerpos desnudos, en que aquella sonrisa suya, levemente pícara, se transformaba agitadamente en una expresión de sorpresa. Era un pasado muy lejano, y no tenía sentido revivir ahora todas aquellas emociones.

No quería recordar más, pero recordaba. Dio vueltas y vueltas en la cama, y a las seis y cuarto de la mañana se levantó y se metió en la ducha.

El sanatorio estaba en un promontorio rodeado de pinos, en la carretera que subía al Tibidabo. Las visitas no estaban permitidas hasta las diez. Para hacer tiempo, se tomó un café en el bar de una gasolinera. Los recuerdos seguían martilleando en su cabeza. ¿Qué había ido a hacer a aquel sanatorio? Intentaba encontrar una respuesta, y en su lugar sólo veía aparecer, entre las sombras del pasado, la mirada azul de Helena mirándolo.

A las diez en punto, una enfermera de gesto avinagrado le señaló un pasillo. "Pabellón de espanyols", sentenció. Echó a andar. El pasillo conducía a un patio de cemento de aspecto desolado. Lo cruzó. Al verlo acercarse, un celador apartó el cigarrillo de los labios y le abrió la puerta.

El interior de la sala de visitas se asemejaba al locutorio de una prisión. El único mobiliario eran unas sillas dispersas, bastante vapuleadas, y una mesita con revistas en desorden, aparentemente muy leídas. La única maceta, en el alféizar de la ventana, sostenía un geranio mustio y sin flores. El resto de la estancia estaba ocupado por una extensa mampara de vidrio muy gruesa, a través de la cual se podía contemplar a los internos en la sala de ocio.

"¿No podré hablar con ella?", preguntó al celador, que había entrado tras él. El celador movió la cabeza de derecha a izquierda. Lo miró. Por un momento tuvo la impresión de que, si le llevaba la contraria a aquel tipo, él mismo podía terminar con una camisa de fuerza, encajando cubitos de colores al otro lado del vidrio. Se acercó más a la mampara, y buscó ente los internos la silueta de Helena. No la veía.

Por fin, Helena entró en la habitación. Caminaba despacio, escoltada por dos enfermeras, y su sonrisa se redibujaba de cuando en cuando para pronunciar unas palabras. Estaba preguntando. Sin duda, todos los días seguía preguntando por qué la habían llevado allí. Las enfermeras no respondían. La condujeron hasta la mampara de vidrio, y cuando se aseguraron de que estaba frente a su visitante la dejaron sola.

Helena escrutó el espacio que los separaba. Seguramente, los reflejos no le dejaban distinguir los rasgos de su visitante. Seguía teniendo un cuerpo espléndido, apenas tocado por el paso de los años. Por fin, ella lo reconoció, y su sonrisa se curvó ampliamente. Dijo algo, pero el vidrio era demasiado grueso para entender sus palabras. Él trató de leer sus labios. Al mirarlos, una sensación que creía olvidada lo desasosegó. ¿Por qué tenían a aquella mujer allí encerrada?

Apoyó las manos en el vidrio y acercó su rostro al de ella. Helena seguía hablando, como si mantuviera con él una conversación inexistente. En aquellas condiciones, no tenía sentido intentar comunicarse con palabras. Además, no se le ocurría nada que decir. Permanecieron así largo rato, él con las manos extendidas frente a los hombros de ella, y ella hablando y sonriendo, aparentemente muy divertida. Por fin, las dos enfermeras regresaron y la tomaron del brazo. La visita había terminado. Helena calló y, sin dejar de sonreír, le volvió mansamente la espalda.

La vio alejarse por entre las mesas. Sus manos seguían todavía pegadas al vidrio. Una sensación demoledora se apoderó de él. Era la misma Helena con la que había compartido apuntes en el bar de la Facultad, noches de verano en remotos campings de Polonia y caricias a oscuras en los cines de barrio. El destino había respetado su cuerpo, pero aquella mente brillante que él conoció había dado un salto en el tiempo y se alejaba ahora, decrépita, por las nieblas del futuro.

Entonces, un instante antes de desaparecer por el pasillo del fondo, Helena volvió la cabeza y lo miró.

(Continuará)

martes 3 de noviembre de 2009

Cuaderno de viaje - Barcelona, noviembre, 2009


En el aeropuerto de Barcelona he encontrado un pasillo apartado al que no llegan los estruendosos anuncios de los altavoces. Apenas hay unas cuantas personas aquí. Al sentarme, dejo escapar un suspiro de alivio. Ausencia de multitudes, silencio. Es casi un imposible, pero durante veinte breves minutos podré disfrutarlo a mis anchas. Son las ocho menos cuarto de la noche, y es bastante probable que a estas horas tan tardías mi vuelo salga con retraso, de modo que ya cuento con llegar a casa a medianoche.

Quizá debería reanudar las andanzas de Manuel Zanzón. El problema es el tiempo. ¿De dónde lo saco? Mi primera novela me obligó a mantener una larga continuidad en el tiempo. Dos o tres horas por la mañana, tres o cuatro horas por la tarde. Es toda una profesión. En realidad, una vocación como la de Teresa de Calcuta, si se piensa en la exigua remuneración que uno puede esperar obtener en el mejor de los casos; es decir, si la publican. Y yo no dispongo de esa dedicación. Mantengo cuatro blogs, un podcast y una colaboración con 6columnas, y mi trabajo, entrecortado por naturaleza, me rompe todos los ritmos.

Y, sin embargo, tengo ganas de escribir ficción. Varias ideas me rondan en la cabeza desde hace tiempo. Con el paso del tiempo se ramifican, se anudan unas con otras mientras, paralelamente, nacen otras nuevas, pero en ningún momento consiguen hacer saltar la chispa que me sentará ante el teclado para escribirlas de un tirón. Bastante tengo ya con literaturizar mi vida.

Porque no otra finalidad tenía este viaje. La otra noche, en el bar, Ángel estaba existencial. Carpe diem, venía a decirme. Quién sabe dónde estaremos mañana. Hay que vivir cada día como si fuera el último de nuestras vidas. Personalmente, encuentro muy cansada esa filosofía, y sus ojeras de noctámbulo y viajero infatigable me daban la razón. Yo prefiero literaturizar mi vida.

Para rescatar a Manolo Zanzón de aquel pueblo desolado de las afueras de Madrid hace falta algo más que sentarse a escribir. Hace falta releerse el esquema de la novela, con todos sus personajes, y el esquema de lo que el autor tiene previsto que suceda: el futuro de Manuel Zanzón.

O bien, simplemente, sentarse y divagar, que es lo que yo he estado haciendo últimamente con mis personajes. En fin de cuentas, también la vida es, pese a nuestros esfuerzos, una divagación. ¿Qué hay de malo en que Justo Conaprole o Sagrario Sombrilla cambien inesperadamente de caprichos y de querencias? ¿No hay, como ha dicho el filósofo en este mismo blog, una vida ganada y una vida perdida hasta en la menor de nuestras decisiones? Pues esta misma conclusión vale para las novelas. La vida y la literatura son siempre, querámoslo o no, una commedia dell'arte.

Mientras escribo, los minutos han transcurrido, y en algún pasillo remoto un altavoz me invitará pronto con voz de trueno a embarcarme en mi avión.

El viaje ha terminado. Regreso a Gran Canaria.

domingo 1 de noviembre de 2009

Cuaderno de viaje - Barcelona, Halloween, 2009

Debería haber escrito Todos los Santos, pero Halloween describe mucho mejor la realidad barcelonesa en este comienzo de otoño de 2009. En la estación de Sants se vive un ritmo frenético: todo el mundo camina rápidamente en alguna dirección. Los antiguos bancos de espera del gran hall, que solían estar colonizados por plácidos jubilados del barrio, han sido sustituidos por hileras de portones automáticos para el acceso de los pasajeros. Parece como si Barcelona quisiera, a toda costa, darse a sí misma la impresión de gran ciudad.

Es un fantasma permanente de los nacionalistas regionales. No sólo Barcelona no puede quedar nunca por debajo de Madrid en nada, sino que tiene que aventajarla en todo, al menos en apariencia. Pero a mí no me engañan. Todos esos delirios de grandeza y de eficacia empresarial encubren en realidad una ciudad subvencionada, provinciana y agobiante, donde los servicios cotidianos funcionan, en algunos casos, peor que en México DF. Al menos, esa fue mi experiencia durante los 13 años que viví aquí.

El taxi se detiene por fin ante el portal. Pago una cantidad exorbitante, y acarreo mis maletas sin ayuda hasta el ascensor. El portero permanece en su garita como si el tiempo no hubiera transcurrido, con la misma cara de bulldog en su batín azul, inescrutable como la momia de Tutankhamon. Tampoco esta vez nos saludamos. Introduzco mis maletas en el ascensor, y me dejo llevar lentamente hasta el ático.



Recojo las llaves de debajo del felpudo, y abro. Cristina estará fuera este fin de semana, probablemente en el Ampurdán. Sus amigas y ella están revolucionadas últimamente con las noticias publicadas en los medios de comunicación. Su amigo Raimon ha aparecido implicado en un asunto de corrupción, y la cosa pinta mal. Al día siguiente me entero de que han ido a consultar a una bruja, que les ha echado las cartas a todos ellos, incluido Raimon. Las cartas de Raimon han salido todas llenas de rayas rojas, me dicen. "¿En forma de barrotes?", pregunto ácidamente. Naturalmente, nadie se ríe.

Una de las cosas que más me sorprendieron de Barcelona fue que a nadie parecían hacerle gracia los chistes. Incluso se consideraba de mal gusto contarlos. Todavía hoy me pregunto cómo pude aguantar tantos años en aquel mundo de pijos barceloneses. Yo me instalé en Barcelona porque estaba intentando publicar mi primera novela y quería introducirme en el mundo de los escritores. Cuando conocí personalmente a casi todos ellos, mi decepción fue tal que dejé de escribir.

Supongo que puedo contar algunas de aquellas impresiones. Al fin y al cabo, este blog no lo lee prácticamente nadie, y pocos saben quién es en realidad Ricky Mango. Mi primer encuentro social fue en casa de mi entonces agente literaria, con Eduardo Mendoza y Félix de Azúa. Ambos estuvieron conmigo tan distantes como educadamente se podía estar. Félix, altivo como siempre, y Eduardo, a la catalana, es decir, como si yo no existiera. Se notaba a la legua que yo no manejaba los códigos vigentes.

Siempre de la mano de mi agente literaria, frecuenté después una coctelería de San Gervasio llamada Il Giardinetto, vivero de intelectuales alcohólicos de la élite cultural catalana. Durante años, un viernes tras otro, tomé copas allí espalda con espalda con el editor Herralde y sus fieles monaguillos, sin conseguir jamás mantener con ellos una conversación de más de veinte segundos. Además de Jesús Ferrero, Enrique Vilamatas y otros cuyo nombre no recuerdo, se dejaban ver por allí de cuando en cuando altas personalidades de la cultura, como José Luis Giménez Frontín, Oriol Bohigas, Eduardo Mendoza, Fernando Savater o Pedro Almodóvar.

No todos eran alcohólicos. El hard core de los borrachos era el grupo de Herralde. En particular, Enrique Vilamatas, que a la una de la mañana, cuando el grupo abandonaba el Giardinetto, bordeaba ya el delirium tremens. Para ellos, la noche estaba empezando. Nunca entendí de dónde sacaba aquel tipo el tiempo para escribir, aunque para ser un escritor mediocre tampoco hace falta demasiado tiempo entre resaca y resaca.

Esta vez no fui al Giardinetto, pero sí cené en Los Inmortales, otro de los viveros de la élite barcelonesa. Era una cena de compromiso. Para las comidas informales prefiero mil veces una escalivada y un pollo a la brasa en Ca'n Punyetes, que también queda muy cerca de mi antiguo domicilio.

Precisamente a Ca'n Punyetes llevé a comer el viernes a mi entrañable amiga Olga y a su cónyuge, Susana. Olga acaba de terminar su última novela, en la que cifra grandes ilusiones. "Es de ciencia-ficción, y no te puedo decir más", me dice. "Ciencia-ficción sin acción", apostilla Susana. Olga está aterrorizada ante la posibilidad de que le copien la novela por Internet, y ha adoptado una batería de precauciones para proteger su original. Me lo dará a leer en cualquier caso, pero no antes de que se sepa si la van a publicar o no.

"Es más", añade. "Creo que de la novela se podría sacar toda una serie, incluso para cine o televisión". La idea me entusiasma. Desde que hice el curso de guión de cine, en Valencia, tengo metido el gusanillo de escribir una película. O, mejor todavía, una serie para televisión con la que demostrar que la calidad no está reñida con la popularidad. Inevitablemente, nos ponemos a hablar de Star Trek. Olga también es fanática de Data, Mister Spock y el Capitán Picard. Yo, además, de Deanna Troi. Coincidimos en que Star Trek ha sido una de las cumbres de la creación artística del siglo XX. Quién sabe. Tal vez algún día podré colaborar en esa hipotética serie de mi amiga Olga.

El sábado por la noche, después de la cena en Los Inmortales, llamo a Ángel. "Estoy en el bar de siempre, al lado de casa", oigo que me dice a gritos en medio de una tremenda algarabía. Caminando a buen paso por la Diagonal, llego al bar en quince minutos. Es la noche de Halloween. Barcelona se ha quitado la careta y se muestra al noctámbulo tal y como realmente es: una ciudad de provincias llena de fantasmones.

Ángel aparece, como siempre, eufórico en medio de aquellos personajes de barrio insignificantes. Entre chanzas y discursos eruditos, su metro ochenta un tanto quijanesco se alza en mitad de todos ellos como el de un marciano misteriosamente aterrizado en el Eixample, sabio y proteico, siempre dispuesto a contar alguna de sus fantásticas aventuras a lo largo y a lo ancho del globo. "Llegué ayer de Bolonia", me dice, "y mañana me voy a Pampona. El lunes me esperan en Burdeos, pero regreso el miércoles". Le enumero entonces las escalas de mi viaje desde que salí de Las Palmas, y consigo que se sorprenda. Por una vez, le he ganado.

En el bar, el paisanaje festeja un extraño híbrido entre Manhattan y el Forn de la Montse. De cuando en cuando se une al grupo alguien vestido de Drácula o de Spiderman, pero al mismo tiempo circulan de mano en mano puñados de castañas asadas y bandejas de panellets. Da igual el pretexto. El caso es hacer el ganso y quemar la noche del sábado como si el Apocalipsis estuviera anunciado para mañana por la mañana.

Finalmente, me despido calurosamente de Ángel. Son las dos y media de la madrugada. A mi regreso a casa, veo desde el taxi las transversales de la Diagonal hirviendo de gente, con las calzadas invadidas por la zarabanda gótica. Da igual el pretexto. Es un fin de semana más en una ciudad cualquiera del sur de Europa, en vísperas del derrumbamiento del Imperio. Es el fin de una era, y yo no soy más que un simple testigo. Son los historiadores los que escribirán algún día la Historia.

viernes 30 de octubre de 2009

Cuaderno de viaje: Valencia-Barcelona, octubre de 2009

El tren arranca, y yo dejo por fin atrás la ciudad de las tribus. En ninguna otra ciudad de España es tan perceptible la estructura tribal de la sociedad española como en Valencia. La gente acude a los cines o a los restaurantes en tribu, se pasea por las calles (o se detiene, bloqueando las aceras) en tribu, se reúne los domingos con generosas porciones de la tribu familiar, y cuando hablan de su vida social se refieren a sus amigos como a 'su grupo'.

Los más cosmopolitas se jactan de salir con varios 'grupos' distintos, alternándolos según el fin de semana e intercalando alguna que otra cena colectiva en días laborables. Los más tradicionales tienen ya suficiente con la familia y el casal fallero. Pero nadie hace nada a título individual. Como mucho, en pareja, y probablemente sólo en las primeras fases del enamoramiento, en que las hormonas desatadas les impiden todavía añorar la algarabía de la confusión colectiva.

A los españoles les gusta hablar todos a la vez y no escucharse. Tarde o temprano, se enzarzarán en una polémica y formarán bandos, para lo cual es imprescindible proferir la boutade de turno, que ellos creen original, pero que simplemente forma parte del repertorio de boutades que corren de boca en boca, o que regala gratis cualquier emisora de televisión mirada al vuelo mientras los miembros de la familia, a gritos, continúan enzarzados en su cotidiano diálogo para sordos.

Como no podía comprar el billete de tren por Internet, tuve que acudir una vez más a las oficinas de la estación de la Renfe, donde por suerte pude hacer el trámite en una maquinita provista de una pantalla. El billete que compré era el último que quedaba en ese tren, por lo que deduje que me tocaría ventanilla. Así fue. Por eso, al llegar a mi fila de asientos, le propuse al ocupante del asiento de al lado que se quedara con la ventanilla, si así lo prefería. Me dijo que le daba igual, y me dejó el pasillo.

Era un tipo de unos 30 años, envuelto en una maraña de cables como un astronauta, que se sentaba despatarrado, como suelen hacer los jóvenes en los autobuses públicos. Nada más sentarme, oí que hablaba a gritos, aparentemente consigo mismo. En realidad, tenía los auriculares del móvil insertados en los oídos y estaba en comunicación permanente con sucesivos personajes, uno de los cuales se llamaba Israel.

Al tiempo que tecleaba furiosamente sobre su ordenador, la comunicación pasó de Israel a una interlocutora de habla inglesa. Levantando aún más la voz, como si aquella señorita en lugar de americana fuera sorda, prorrumpió a vocear sus argumentos en un inglés sub-macarrónico que habría sonrojado a un indio apache. Algo así como el resultado de los traductores automáticos de Google, respetando escrupulosamente la sintaxis española e intercalando aquí y allá palabras y frases enteras en español.

En el silencio del vagón, aquel hombre hablaba como si, en lugar de servirse de un teléfono, sus palabras tuvieran que ser oídas en Denver simplemente por la fuerza de sus gritos. "You resai (received) a money, es no money for me now; fif per cent es OK... Madre mía, que tiene tela el asunto... No, no, I am hablando para mí". Algunos pasajeros, molestos, miraban hacia nosotros, y entonces yo forzaba un gesto de displicencia para que quedara claro que aquel individuo y yo no teníamos nada que ver. En la pantalla de su ordenador se veía permanentemente dibujado el logo de una multinacional. ¿Era posible que aquella empresa no hubiese encontrado a nadie que hablase inglés?

El astronauta estuvo conectado a sus cables hasta el final del viaje, pero la furia de la conversación decayó al cabo de una larguísima hora. El vagón iba lleno, y no había ningún otro asiento libre. Los gritos de guerra apaches no me permitían concentrarme en la lectura más allá de los titulares, y la película que proyectaban en los televisores del vagón estaba doblada. Finalmente, opté por encender mi reproductor de mp3, y traté de aislarme. A las siete y cuarto de la noche, el tren se detuvo por fin en la estación de Barcelona.

jueves 29 de octubre de 2009

Cuaderno de viaje - Denia, octubre de 2009

Mi estancia en Denia dura sólo dos días. Jesús tiene la furgoneta llena de trastos, como siempre. Acomodo mi maletín como puedo entre cajones, ladrillos, herramientas, tubos y cables, y me siento junto al conductor. Es una delicia viajar por encima de los demás automóviles. El paisaje se extiende íntegro ante nosotros, y desaparece esa opresiva sensación de oveja en mitad de un rebaño.

Tiempo atrás, yo también tuve una furgoneta. Lo que me indujo a comprarla fue, sobre todo, el deseo de viajar, tal vez de huir. Por aquel entonces, hasta la pensión más barata era para mí un dispendio imposible. Aquella furgoneta recién comprada (era una Ebro con muchos miles de kilómetros, más vieja que Matusalén) me permitió sustraerme de una vez por todas al abrazo de oso de Madrid. Todavía recuerdo mi sensación de felicidad cuando, aquel atardecer de junio de 1979, detuve por fin mi furgoneta junto al puerto de Denia y me senté en las rocas de la escollera para ver ponerse el sol.

Era el Mediterráneo. El mar de Odiseo y de Pitágoras. El mar de las horas felices de mi infancia, de las dunas, los naranjos y las libélulas, de los pescadores sicilianos y de las ánforas fenicias. Me invadió una paz indescriptible. Era el nivel cero, el nirvana. Cada centímetro por encima de aquellas aguas era y seguiría siendo siempre una fuente de desazón.

En el pequeño chalet de mis padres pasé todo el mes de junio. La playa estaba todavía deshabitada, y en aquella soledad de verano recién iniciado me vivía a mí mismo como un animal mitológico mitad Robinson Crusoe, mitad hippie. Limpié y pinté por dentro mi furgoneta, fabriqué a medida un pequeño armario que le acoplé a la pared, instalé unas cortinillas tras las ventanillas traseras, y sobre el suelo tendí un colchón con sus sábanas y su almohada.

A falta de otro, aquel iba a ser mi hogar durante los ocho meses siguientes, hasta que me instalé finalmente en un piso luminoso de un pueblo cercano a Valencia. Pero, antes de emprender aquella larga peripecia del invierno, apuré el néctar de junio sin desperdiciar una sola gota. Por las mañanas acudía temprano a pasear por la playa, a solas con las huellas de los pájaros, entrecruzadas en largas cremalleras sobre las dunas, evitando pisar los diminutos cangrejos que se enterraban bajo la arena mojada, y admirando las bandadas de peces que plateaban fugazmente a escasos metros de la orilla.

Al caer la tarde, me internaba en los huertos abandonados y recolectaba flores de azahar, que tendía después a secar junto a la cocina para hacerme infusiones. A ratos escribía, trabajaba, cocinaba o tocaba la guitarra. Y por las noches escuchaba el canto de los grillos y, apagando todas las luces, contemplaba en el cielo la luna mágica y la arena desigual de las estrellas.

Eso y muchas más cosas es Denia para mí. Así como de Madrid apenas tengo recuerdos felices, de la playa del Bassot apenas me han quedado recuerdos tristes o amargos. En mi juventud padecí de deseo y de desengaños amorosos, pero nunca, ni antes ni entonces ni después, me ha mordido en ella la herida de la soledad.

Estos dos días en Denia, Jesús y Conchín se han portado maravillosamente conmigo. Estaban pendientes de mis menores deseos, y han hecho todo lo que estaba en su mano para ayudarme en mi búsqueda de áticos con terraza y vistas al mar. Jesús habla y habla sin parar, despotrica contra el consumismo, los políticos, la extinción de las especies y el cambio climático, y me hace escuchar algunos de sus cientos de discos de música favorita, a medio camino entre el folklore genuino y el chill out.

Lo curioso es que él mismo es un consumista insaciable, y lo sabe. Pero, contradicciones aparte, fueron su iniciativa personal y su empeño los que consiguieron que delante de su edificio el Ayuntamiento creara un hermoso parque arbolado, en lugar de la plaza dura con parking subterráneo que tenían proyectado construir.

El miércoles por la mañana, reúno mi pequeño equipaje, me despido cariñosamente de mis dos anfitriones y me dirijo, a pie, a la cercana estación de autobuses para regresar a Valencia.

 
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